Veo veo: los aromas de mi abuela 11


Llamaba a mis musas, pero no querían ayudarme a jugar al veo veo, quizás pensaban que era trampa. Así que tecleaba y borraba, tecleaba y borraba esperando encontrar la palabra mágica que desatara un torrente de aromas, esa palabra de la que nace solo el resto del texto.

La palabra no llegaba, pero los aromas iban entrando poco a poco por mi ventana. Si mi olfato fuera mejor, podría distinguir lo que come cada uno de mis vecinos. Ahora me llegan mezclados el olor a salsa de tomate, el olor a frito, el olor a fruta y el olor a mar.

Viajo en el tiempo y, sin darme cuenta, aterrizo en mi pueblo. Había descartado hablar de los aromas de infancia, pero todo me hace volver a esa gran casa que me parecía un palacio y a esa finca que me parecía un bosque encantado. Será que son los aromas que más nos marcan, será que extraño a mi abuela y necesito regalarle las palabras de mi primer veo veo.

Estación de Canabal

La estación de Canabal marcaba para mí la llegada a Sober.

Creo que puedo recordar cada uno de mis días en Sober a través de los aromas, que no hay ningún recuerdo de aquel tiempo libre de olores.  Sí los hay de otras épocas, no sé si es porque perdemos olfato al crecer o si es porque la vida huele peor con los años y preferimos ignorarlo.

En aquel entonces el otoño olía a membrillo. El olor dulzón de la fruta cocinada a fuego lento quedaba impregnado en toda la casa durante días. Kilos y kilos de membrillos que mi abuela recogía, pelaba, troceaba y cocinaba con otros muchos kilos de azúcar. Ahora nadie hace membrillo y los pájaros son lo únicos que liberan a ese árbol de su peso. Recuerdo las montañas de tuppers llenos de ese dulce rojo que repartía entre toda la familia. No podía entender por qué en el supermercado llamaban dulce de membrillo a una pasta amarilla, si el de mi abuela era rojo, de toda la vida. Y lo mejor del membrillo era combinarlo con queso, un buen queso duro, fuerte, y una rosca bien jugosa como base.

A medida que llegaba el frío, el aroma dulzón del membrillo dejaba paso al olor  a leña. Encender la chimenea era todo un acontecimiento, marcaba el fin de una época y el comienzo de otra. Cada vez que huelo una chimenea, aunque sea de lejos, vuelo hasta una vieja butaca verde y siento ese picor en los ojos de tanto mirar al fuego, ese calor en los pies de tan cerca que me sentaba. Oigo a los mayores hablar y el ruido de una tele de fondo, acompañado de alguien que chistaba inútilmente intentando oír algo mucho menos interesante que la conversación que tenía lugar alrededor del fuego.

A veces al olor a leña se sumaba el olor a castañas asadas. Juro que nunca otra castaña me supo tan rica como las que cocinaba mi abuela en aquella cocina de leña que a día de hoy me sigue pareciendo mágica, capaz de extraer lo mejor de todo lo que en ella se cocinaba. Y del horno siempre salía algún otro aroma que podía ser dulce o salado y que abría el apetito aunque acabases de comer.

Con la primavera la casa se abría y se inundaba de olores a aire libre. Comenzaban de nuevo las tardes de juego por ese jardín que nos llegaba a parecer una selva por momentos. Una selva en la que nos gustaba especialmente jugar al escondite. Una partida podía durar horas hasta que aparecíamos todos y el aroma de flores y fruta madura te hacía compañía mientras esperabas agazapado a que te encontrasen.

Cada vez los juegos se podían prolongar más y, a medida que la luz ganaba a la oscuridad, comenzábamos a soñar con el aroma a río, a piedras y a tábanos. A tardes enteras cavilando en si la profundidad del agua sería suficiente para saltar de esa roca o si prefería quedar de cobarde pero mantener mi cabeza a salvo. Cuando no nos bajaban al río, el verano olía a bizcocho. Creo que fue ahí precisamente dónde comenzó mi obsesión por la cocina (el amor había nacido antes). Si se pasaba tres días lloviendo, yo insistía a mi abuela que me dejase hacer un bizcocho cada día y el olor que salía del horno se mezclaba con el olor a tierra mojada que entraba por la ventana. Algún día tengo que prepararlo y poneros la receta, ya que era su receta estrella, la primera que me enseñó y, si lo pienso bien, seguramente el origen de este blog.

Había descartado hablar de aromas de mi infancia y finalmente no he podido evitarlo. Aunque no han sido exactamente los aromas de mi infancia, si no los aromas de los días de infancia en casa de mi abuela. Podría continuar y hablaros del aroma a huerta, de la fragancia de los tomates en agosto, del aroma de la mejor salsa de tomate del mundo que envasaba por litros hacia el final del verano, del olor a pimentón en épocas de matanza, del olor a laca cuando desempolvaba sus artilugios de peluquera para atender a alguna clienta en casa… Podría continuar, pero aún así me faltarían palabras porque nada está hecho de tantos aromas como una abuela.

Y ahora, para los que os estáis preguntando qué le ha pasado a mi blog  o qué es esto del VEO,VEO:

¿Qué es Veo Veo? Es un juego que jugamos muchas veces cuando éramos chiquitos. Y ahora queremos seguir jugándolo. Es una excusa para:

conocer lugares de la mano de otros viajeros

contarnos historias

viajar aunque no tengamos la oportunidad de hacerlo

conocer otros viajeros que andan dando vueltas por el mundo :)

Aquí podéis ver las reglas, leer más veo,veo y participar con nosotros en este desafío literario.


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