El concepto de BioIndividualidad


El pasado fin de semana, en Biocultura, tuve oportunidad de asistir a diferentes charlas y talleres relacionados con la alimentación saludable. En ellos, diferentes profesionales del ámbito de la salud y la cocina expusieron cada uno su particular visión de la “alimentación ideal”, habiendo entre ellas muchos puntos en común, pero también muchas diferencias. Esto hacía que muchos de los asistentes se mostraran confundidos y, en varias ocasiones, escuché la queja de “es que cada uno nos dice una cosa”. Es por esto que me ha parecido muy importante dedicar este post a un concepto básico, pero muchas veces olvidado: la bioindividualidad.
Bioindividualidad

La bioindividualidad hace referencia a las características personales de cada individuo que van a determinar cuál es la alimentación idónea para él o ella. Estas características no son solo su edad, su altura, su peso y su nivel de actividad física, como se suele pensar, sino que hay que tener en cuenta muchas otros factores, como:

  • Su estado de salud y su historia médica (¿tiene alergias o intolerancias? ¿alguna deficiencia? ¿hay que prestar especial atención a algún órgano o parte del cuerpo?)
  • Su raza y constitución, así como la alimentación de sus antepasados.
  • Su país de residencia y el clima del mismo (¿tiene sentido recomendar el consumo diario de cocos o papayas en España?)
  • Su medio ambiente (si vive en una ciudad o en el campo, si estamos en invierno o en verano…)
  • Su estado emocional, importantísimo a la hora de elegir los alimentos y de digerirlos.
  • So situación socio-económica (cuánta inversión puede hacer en comida, cómo come su entorno, etc)
Que sí, que están muy ricos y están bien para un capricho, pero créeme, vas a estar igual de saludable sin ellos.

Que sí, que están muy ricos y están bien para un capricho, pero créeme, vas a estar igual de saludable sin ellos.

Todas estas variables van a determinar cuál es tu alimentación ideal y esta nunca será igual a la de otra persona. Por ejemplo, las algas pueden ser buenísimas y sentarle genial a tu vecina, pero quizás tú tengas hipertiroidismo y no te convenga tomar yodo o puede que estés tomando anticoagulantes y la vitamina K de las algas altere su funcionamiento. O hablemos del coco, el últimamente tan famoso coco y el aceite de coco, azúcar de coco y todos los derivados del coco. Puede que sea muy saludable y que forme parte de la dieta ideal de un tailandés, pero recomendar su consumo en Europa no es realista ni sustentable. Para empezar porque si no vives en una gran ciudad no lo vas ni a conseguir y para seguir porque aunque tengas acceso a estos productos, una cosa es comerlos por placer de vez en cuando (yo soy la primera que utiliza aceite de coco porque tiene propiedades muy interesantes, por ejemplo, en la repostería crudivegana) y otra convertirlos en una necesidad cuando hay productos locales que pueden aportarnos lo mismo a nivel nutricional. Asimismo, la alimentación crudivegana puede ser perfecta para algunas personas y está claro que incrementar el consumo de crudos no va a dañar a nadie, pero proponérsela como la única forma de alimentación saludable a alguien que vive en un país donde en invierno no pasan de los 0ºC, probablemente provoque que esa persona tire la toalla con la alimentación saludable tras pasarse unos días tiritando de frío.

Una dieta que no tenga en cuenta todas esas variables y que no sea completamente personalizada y adaptada a los gustos y preferencias de quien la va a seguir, está destinada a fracasar. Por tanto, es normal que “cada uno diga una cosa”, porque cada uno va a hablar de lo que le funciona mejor para sí mismo y tú deberías coger esa información con pinzas y aplicarla cómo creas que te puede funcionar. Si te va bien, adelante, pero si ves que no te funciona, no te frustres ni te obligues a nada, tú no eres esa persona y quizás tu camino hacia la salud es otro. Y nunca, nunca te fíes de alguien que diga tener la dieta definitiva y universal. De verdad, no caigas en eso. Si necesitas ayuda, búscala en un buen profesional, acude a un nutricionista que te guíe (y sal corriendo si a los cinco minutos de entrar en la consulta te imprime la dieta “personalizada”).

 

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